Culto a la amistad

No hay palabras. Y las que haya, las escribirán ellos, sus lectores preferidos, sus oyentes cotidianos, porque homenajear a Fontanarrosa y omitir a sus amigos es poco menos viable que leerlo sin abrir sus libros. “Por su última enfermedad, el Negro ya no iba a El Cairo y quiso el destino que nos convocara ese día, con ese mail”, dice el Colorado Vázquez, uno de los Galanes y referente de la Organización Canalla para América Latina, que ahora, enseguida, se estará riendo entre anécdotas y fotos, pero ahora, enseguida, se pone serio: “Nunca me imaginé que lo iba a extrañar tanto. Nos comentábamos los goles del Real Madrid y los de Cambaceres. Entonces hoy, cuando veo un gol, se me cruza: “Mañana se lo comento al Negro, por si no lo vio”.
Para la Mesa de los Galanes, esa amistad de fábula que construyó con sus fabulosos amigos durante más de treinta años, no se fue un prócer de la cultura popular, sino el tipo que legalizó y sistematizó el matrimonio igualitario entre amigos, yendo todos los días, pero todos los días, a sentarse en una mesa de El Cairo, para hablar pelotudeces o cuestiones existenciales, pero esencialmente, para ser uno más. Tal vez por eso, la memoria de los Galanes es ahora un electrocardiograma, con picos de alegría y picos de dolor, como toda la vida del Negro: “Hasta el ultimo día, nos reunimos en su casa, aunque no movía ni un músculo ya. Una vez, me serví una cerveza y le pregunté si quería un poco, con una pajita. Entonces miró la silla de ruedas, y me dijo: ‘No puedo, tengo que conducir’… ¡Era un hijo de puta! Yo me balanceaba entre la risa y el llanto, porque sabía que él no podía más, pero aun con el dejo de tristeza de saber que estaba partiendo, se reía como ninguno”, recuerda Chelo Molina, otro de sus galanes.Desde barrio Alberdi, el Negro manejaba unas cuarentas cuadras cada día para dejar su auto a las siete de la tarde en una cochera del centro rosarino y llegar puntual a su mesa de El Cairo, donde germinaban las historias de sus cuentos y la esencia de su vida. “La democracia facilitó nuestros encuentros”, dice Chelo, “porque a partir del 83 uno iba a El Cairo ya sin temor y sin estar pendiente de cómo nos miraban las otras mesas. Nos jugó a favor ese aire de libertad que se respiraba en la cultura y nos hizo el hábito de juntarnos siempre”, dice Chelo.

La debilidad se hacía fortaleza, en esa irreverente mesa. “Del Negro Centurión, podemos decir que un guitarrista, cubano, inimputable. Dice que es cubano para pelear contra los peronistas, salvo cuando venía un radical, que entonces sí, se hacía peronista”, explica Chelo, y va por más. Del Pitufo Fernández, dirá que “como todo petiso, es un cago de risa y obviamente es el primero que te tira un sobrecito de azúcar”. Del Chiquito Martorell, “que es canoso, leproso y tiene barba candado, pero es el único tipo con barba candado que no es cagador”. De Belmondo, “que es un artista plástico, también leproso y anarquista, de esos que se ofenden cuando ponen el himno y putea contra todo lo preestablecido”. Del Negro Postiglione, “que es un actor y que en su juventud, como era parecido a Vitorio Gassmann, robaba con eso, pero ahora no puede robar ni la verdulería y se parece más bien a Benny Hill”. Del Ruso, “que es joyero, obviamente”. Del Peruano Castillo, “que es el tipo que baja línea de izquierda”. Y del Colo, “que es un fundamentalista de la OCAL, una secta de Central conformada por prestigiosos profesionales, enfermos de la cabeza”. Para sostener la afirmación, Chelo revela un misterio. “Para entrar a la OCAL, te hacían un examen, con un cuestionario secreto. Si vos no fumabas y decías que no tenías fuego encima, ya no podías entrar. Porque la respuesta acertada era ‘sí, por si se presenta la ocasión de prender fuego la cancha de Newell’s’”.

Nunca cobró un peso, Fontanarrosa, por sus colaboraciones con el Canaya, porque Central era su vieja y la Selección era su tía. Su padre, se sabe, fue Rosario. Y quizá por eso, aquel día se lo vio de malhumor, frente a una pregunta desatinada, que todavía exprime la memoria del Chelo, para que su voz narre otro de los cuentos que el Negro no publicó.
- ¿Por qué usted sigue encaprichado en vivir en Rosario?
- Porque es un capricho que comparto con otro millón de boludos.


Fuente:
Diario Tiempo Argentino
* A la memoria del Negro Roberto Fontanarrosa y a la franca y verdadera amistad que pregona, que va más alla de un día netamente comercial como el de hoy.
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